A propósito del último fanzine de Kinky Vibe

Apuntes para una erótica feminista

Placer, autoconocimiento, disfrutar el consentimiento, práctica conjunta: ¿qué es necesario y qué tenemos para construir una erótica en clave feminista? Revolución en las calles, en las casas y en las camas.

Recientemente Kinky Vibe, una tienda erótica transfeminista, editó su último fanzine sobre sexualidad. A partir de ese texto decidimos no sólo hacer circular esta información para conocer y conocerse mejor, sino expandir dudas propias para empezar a elaborar algo así como un boceto de erótica feminista.

El fanzine

Editado por “Vibra mutante”, “Sextualidad humana” -el título de la publicación- es un material de difusión que aboga por la construcción de una sexualidad informada, consensuada, disidente y elegida libremente. En sus páginas se brinda información que va desde conocimientos de anatomía hasta el deseo y placer.

Lo primero que se aborda es la importancia de autoconocerse para poder disfrutar cualquier práctica sexual, propia o compartida. Esto resulta fundamental porque, ante la falta de ESI y con los tabúes sociales que aún perviven, muchas personas con vulva aún desconocen parte de sus genitales. Para comenzar resulta fundamental -y hermoso- recordar que el clítoris tiene 1500 nervios, es decir el doble que el pene. Además, en su totalidad (contando la parte interna y externa) llega a tener el mismo tamaño que el pene y cuando se sensibiliza también se erecta. Eso sucede porque hasta la sexta semana de gestación nuestros genitales son iguales sin importar el sexo cromosómico.

Ilustración: Isa Muguruza

A continuación el fanzine hace énfasis en lo importante que es desmitificar tanto el concepto de himen como el de virginidad, construidos socialmente. El himen o corona vulvovaginal serían los restos de esa pared que solía separar los genitales externos e internos antes de que se formara la apertura vaginal. Al ser un tejido, la corona no se “rompe” -como cuenta el mito popular- sino que se desgarra.

Cuando hay penetración por primera vez (tanto de dedos como con juguetes o de otra persona) puede haber sangrado por el desgaste de esa corona. Sin embargo, la mayor parte de personas con vagina no sangra la primera vez que tiene sexo con penetración y gran parte de quienes lo hace está relacionado más a la tensión y a la sequedad vaginal que a la corona vulvovaginal.

Respecto a la virginidad, es importante pensar cómo la definimos históricamente. Si pensamos que la virginidad es algo que “se pierde” cuando tenemos sexo con penetración, reducimos el acto sexual a este acto que en general responde al placer masculino. Desde Kinky explican: “la virginidad fue un dispositivo de control usado contra las mujeres cis para someterlas. Ya que tener un encuentro sexual previo al matrimonio podía conllevar que las mataran o las vendieran como esclavas”.

Ilustración: Isa Muguruza

Explorando las bases de la excitación y el deseo sexual 

En “Sextextualidad” se dedica varias hojas a aclarar que el deseo sexual y la respuesta física no son lo mismo. Es decir, la excitación física es la respuesta de nuestros genitales a un estímulo externo, mientras que el placer subjetivo es nuestro análisis de ese deseo como algo placentero que nos excita. Esto resulta fundamental, ya que muchas personas sienten un desfasaje entre ambos, es decir que pueden estar excitadxs y no querer tener sexo, o viceversa. Esto sucede con más frecuencia entre varones (cis) que entre mujeres (cis), siendo un porcentaje de 50% en el primero de los casos y 10% en el segundo. Es importante entonces que, -aunque no lo enseñan ni en el colegio, ni en las películas, ni en las series- sepamos que el completo solapamiento entre el deseo subjetivo y la excitación genital no le sucede en todos los casos a todas las personas y esto no significa que sus cuerpos no funcionan bien.

Dentro de este espectro puede suceder que una persona tenga una respuesta física a algo que no consintió, como explica en primera persona la periodista Gabriela Wiegner en su artículo “El sexo de las sobrevivientes”. O, a la inversa, que estemos haciendo algo que nos gusta y nos da placer con la persona que nos atrae y nuestros genitales no reaccionen como querríamos. Esto generalmente se considera una humillación y genera angustia (en los varones cis es muy común que se avergüencen o duden de si mismos si no “se les paró”).

Si te sucede este desfasaje desde Kinky dan algunas recomendaciones: primero saber que puede suceder y no nos hace “anormales” ni “rarxs”. Luego los tips para resolverlo son: usar lubricante -tanto en personas con vagina como con pene-, autoexplorarse para conocer las prácticas y maneras en las que nos excitamos (y poder transmitirlas a nuestras parejas sexuales) y además revisar qué nos sucede mentalmente durante el encuentro. Esto significa que muchas veces estamos tan concentradxs en cómo nos vemos o qué pensará el otrx de nosotrxs que no terminamos de conectarnos con el disfrute de la situación. Para eso es fundamental intentar manejar la ansiedad de los pensamientos negativos y focalizar en el placer que estamos sintiendo.  Si cuando nos conectamos con lo que sucede sentimos que estamos incómodxs o molestxs lo mejor es intentar comunicarlo para frenar o revertir esta situación.

Ilustración: Isa Muguruza

De cómo y por qué nos robaron el placer

Para hablar de sexualidad en clave feminista resulta fundamental recordar que el 75% de las personas con vagina necesitan estimulación del clítoris para alcanzar el orgasmo. Reducir el acto sexual a la penetración tiene sin duda un sesgo machista basado en la idea de Freud de que el orgasmo deseable y maduro era el que se obtenía a través de la estimulación de la vagina, mientras que si sólo se estimulaba el clítoris era un orgasmo infantil. También del concepto de la envidia al pene por parte de las mujeres, del padre del psicoanálisis.

En su ensayo “el mito del orgasmo vaginal”, de 1970, la activista feminista Anne Koedt explica: “Los hombres tienen orgasmos esencialmente por fricción con la vagina, no con el área del clítoris, que es externa y no puede causar fricción como lo hace la penetración. Las mujeres han sido definidas sexualmente en términos de lo que agrada a los hombres”.

Considerar la estimulación de clítoris un “juego previo” no sólo lo hace prescindible, sino que rebaja la importancia de una de las prácticas de mayor placer para las personas con vagina. Por otra parte, pensar que es un problema que muchas personas con vagina no disfruten tanto (o nada) la penetración es volver a patologizarlas, como hacía Freud, en vez de replantearse porque socialmente se jerarquizan ciertas prácticas sexuales frente a otras. Así el sentido común y la normalidad siguen respondiendo a lo que determina el varón cis heterosexual, siendo aceptado como natural algo que responde a ciertos intereses.  “Quizás uno de los resultados más irritantes y dañinos de toda esta farsa ha sido que a las mujeres que tenían una salud sexual perfecta se les enseñó que no lo eran. Entonces, además de ser privadas de sexo, a estas mujeres se les dijo que se culparan a sí mismas cuando no merecían ninguna culpa”, continúa Koedt.

Destruir las lógicas machistas en la sexualidad también pone en tensión la hegemonía del pene. Es decir, abre la duda de qué sucede cuando el pene deja de ser el centro del acto sexual y el elemento fundamental del placer. El pene, como epítome de la virilidad, tiene mucho que ver con el ego, el autoestima y el mandato de la masculinidad que entiende al varón como protector, proveedor y penetrado. En una linea más radical, que puede ser repensada a la luz del paso de los años, Koedt apuesta: “Me parece claro que los hombres temen al clítoris como una amenaza para la masculinidad”.

Ilustración: Isa Muguruza

En primera persona

A partir de algunas lecturas, experiencias y reflexiones -muchas de ellas traídas desde el Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lebianas, Travestis y Trans-, hace un tiempo me vengo planteando ciertos interrogantes respecto a si se puede construir una erótica en clave feminista, que no gire únicamente en torno al goce del varón cis. Para esto resulta interesante pensar si pueden volverse erógenas ciertas partes del cuerpo que no son las genitales o las que socialmente están asociadas a las prácticas sexuales. Si es posible gozar y excitarse desde la caricia, erotizar a la ternura.

Hace un tiempo pregunté en una encuesta de Instagram si el sexo era a veces una lucha de poderes, todxs contestaron que sí. En parte creo que emparentar el acto sexual con la confrontación contribuye a la desconexión entre las partes y, por lo tanto, no sólo a la posibilidad que alguna – o ambas- no estén disfrutando, sino a que se sobreponga el consentimiento ajeno. Posteriormente, otra vez en Instagram pregunté si se animaban a decirle al otrx lo que les gusta, la mayoría lo negó.

Como dice el feminismo, la revolución será en las calles, en las casas y también en las camas, aunque a veces nuestras relaciones íntimas siguen siendo un reducto del machismo. En el caso de las mujeres cis que tenemos relaciones con varones cis, no sólo nos toca deconstruir nuestro deseo sino que, aunque imploremos que queremos nuevas masculinidades, muchas veces nos cuesta desearlas. Reproduciendo las lógicas instauradas socialmente que nos enseñaron a romantizar: la falta de atención, la inferioridad e incluso el desprecio y el maltrato. Deconstruir y redefinir las acepciones “normalidad” en lo sexual es fundamental para generar una retórica del placer en clave feminista, en base al autoconocimiento y el conocimiento del otrx, derrocando  los prejuicios y estereotipos que cumplir. Expresar lo que nos gusta y preguntar qué le gusta a nuestrxs compañerxs es fundamental.

En todas las escenas de sexo se escinde el diálogo, como si el puro deseo de estar con el otrx supondría la receta mágica para conocer su disfrute. Además, si en un encuentro casual desconocemos la manera en la que le otrx encuentra el placer nos sentimos culpables, torpes e insuficiente. Por eso es ineludible hablar, representar el sexo como un acto de diálogo entre personas y cuerpas, como una conversación de subjetividades que nunca terminan de conocerse. Esto sucede incluso en parejas que llevan un tiempo prolongado, ya que somos seres humanos cambiantes y a través del tiempo podemos encontrar el placer en otras prácticas y lugares. Para una sexualidad feminista es indispensable erotizar el consentimiento, convertirlo en parte de la seducción. Calentarnos con la pregunta y la respuesta sobre el deseo ajeno, no como un protocolo punitivista anti abusos que de no cumplirse devenga escrache, sino como un mapeo conjunto, descubriendo olores, colores y sabores del placer ajeno. Una erótica feminista se basa en encontrar el placer propio (y conjunto) de manera personal, para destruir toda estandarización que divida entre lo correcto y lo que no en las prácticas sexuales consentidas. Por eso, para crear una erótica feminista debemos desterrar términos como «conquistar» -verbo asociado con las batallas y la imposición de una de las partes por sobre otra- para entrelazar una épica de la complicidad conjunta, que se trabaja, se construye, se cultiva y sin duda da resultados.

Ilustración: Isa Muguruza