Vecinos y vecinas exigen que les escuchen

Coronavirus en las villas

La precariedad deja expuestos a vecinos y vecinas de los barrios más empobrecidos. Comedores y organizaciones sociales tratan de contener a cientos de familias que perdieron su ingreso diario pero, a pesar de las medidas paliativas del Gobierno, la situación es crítica. ¿Qué pasa con el coronavirus en las villas?

Mientras en las casas de clase media el aire se convierte en un vapor pesado, dentro de los barrios populares las familias se organizan para atravesar la cuarentena lo mejor posible. A pesar de las medidas paliativas del Gobierno, los sectores empobrecidos son los que más sufren el aislamiento obligatorio que les prohíbe hacer changas, trabajar como vendedores ambulantes y vender sus mercaderías.

Dentro de las villas y en los comedores comunitarios, vecinos y vecinas intentan afrontar el desabastecimiento con redes de contención que sostienen la estructura y evitan el estallido social, como lo hicieron durante los cuatro años de macrismo.

En la Argentina se calcula que hay 4 millones de habitantes que residen en villas, y en Buenos Aires, según el informe de la Cátedra de Ingeniería Comunitaria de la FIUBA, los 400 mil vecinos y vecinas de las villas porteñas tienen prestaciones de servicios públicos desiguales respecto al resto de la Ciudad. En estos territorios los recursos son escasos, las casas no cuentan con el aislamiento necesario y la mayoría de la población no llega a las medidas básicas de seguridad e higiene. Al hacinamiento se le suma la necesidad de ir a los comedores comunitarios como única posibilidad de conseguir una ración de comida por día, o compartir una canilla entre varias calles, lo que hace casi imposible respetar la cuarentena.

El año pasado, la junta vecinal de la Villa 21-24 denunció en la Legislatura que el 70% del agua del barrio estaba contaminada. Hasta hace pocos días, en la Villa 31 reclamaban por la falta de este servicio en 100 manzanas desde julio pasado. En un momento donde higienizarse resulta fundamental para no propagar el virus, el agua escasea dejando a la población indefensa. Allí no vale el alcohol en gel.

Pedro vive en la Villa 21-24 de Zavaleta, ubicada entre Barracas y Nueva Pompeya. Sobre la situación del barrio, explica: “Estoy recibiendo muchas llamadas de vecinos que no tienen para comer. Los comedores reclaman que no dan abasto, les faltan los insumos ya que muchas familias no están trabajando y no pueden generar la moneda del día a día. Tanto del gobierno nacional como de la Ciudad no nos llegó ninguna ayuda, por lo que estamos pensando hacer una olla popular pero tampoco es bueno porque entonces la gente sale de la casa. Acá en el barrio muchos no son conscientes de lo que está pasando. Estamos esperando que el Gobierno responda, nosotros tenemos la mejor predisposición pero si no hay recursos no se puede hacer nada”.

Fotos: Nicolás Cardello

Cecilia es una de las mujeres que cocina en el comedor de la 7 Esquinas, una fábrica recuperada luego de la crisis del 2001 que ahora funciona como centro comunitario y vivienda para muchas familias. Aunque tienen permiso de circulación para sostener el espacio y conseguir los alimentos, explica que la mayoría de las personas que asisten son los propios residentes y los vecinos cercanos. “Nosotros estamos enfrentando esto como si fuera una guerra. Nos explotó el comedor con muchísima más gente, a los que venían comúnmente se le sumaron vecinos y vecinas que no están pudiendo alimentar a sus familias. La semana pasada los mandamos al colegio y apenas les dieran unos sanguchitos para que los chicos pasen todo el día. Nosotras estamos manteniendo el comedor porque a traves de FETRAES recibimos alimentos secos. El Gobierno de la Ciudad nos manda 120 raciones para 250 personas. Después de pasar días reclamando, recién el viernes nos hicieron llegar el “kit de limpieza” que consta de un bidón de lavandina, una bidón de detergente, dos jabones blancos y cuatro repelentes de mosquitos. Es ridículo”, cuenta. Luego agrega: “Por ahora no hemos detectado ningún caso de coronavirus en las villas, pero si llega a penetrar va a ser un desastre. Al tener esa constitución de barrio cerrado con pasillos chicos y miles de personas dentro, se vuelve complicado controlarlo. Aparte ya está faltando el abastecimiento porque los comerciantes no pueden salir a comprar”.

 

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Además de este panorama desalentador, Cecilia explica que al coronavirus se le suma el dengue, una epidemia que en la Ciudad de Buenos Aires ya contabiliza más de 700 casos. “Nunca nos hicieron caso de que nuestra gente se estaba infectando y ahora vienen con cuatro repelentes que no te sirven para nada, ni guantes, ni mascarillas. ¿Sabés lo que necesitaríamos? Que nos hagan llegar bandejas con tapa, porque acá viene la gente en situación de calle y muchas veces los tuppers están sucios. Eso es una complicación para su seguridad y para la nuestra”.

Fotos: Nicolás Cardello

Lesly es parte de la mesa vecinal de la Villa 31. Ella es tajante en la necesidad de cumplir la cuarentena, pero explica que la mayoría de los vecinos no la respeta. “Los chicos van a la canchita, aunque dijeron que iban a cerrarla. Alrededor se forman grupos de adultos que se juntan a tomar. Yo llamé a los números habilitados para hacer las denuncias y no me contestaron, llamé al 911 y cuando vino la policía las personas que estaban reunidas se escondieron y, pasados los 15 minutos, se volvieron a juntar. Los vecinos que no tienen wifi ni cable se aburren con los programas de TV y terminan saliendo”, explica. A esto se suma el problema del desabastecimiento y el abuso de los pocos comerciantes que consiguen productos básicos. “Los productos más utilizados subieron al doble porque acá no hay ningún control de precios. El primer día de cuarentena 3 kg de papa costaban $50 y hoy 1 kg cuesta $50. El maple de huevo salía $130 y hoy a $200. La carne antes $400, hoy a $600 el kg”.

Fotos: Nicolás Cardello

A pesar de las medidas de precaución que anunció el Gobierno, la Secretaría de Integración Social y Urbana del GCBA decidió continuar con las relocalizaciones de las familias de bajo autopista hasta el miércoles pasado, aunque esto supone una aglomeración de gente en un espacio cerrado. Lesly opina: “No nos cuidaron. En una vivienda había arquitectos, obreros y policías reunidos, algunos incluso estaban resfriados pero decían que no se podían ir porque eran monotributistas y sino no cobraban. A ellos no les importa que nos muramos porque somos villeros, somos un gasto público. Pero no va a ser así y encima podemos contagiar a otros. Yo soy enfermera, en este momento no estoy atendiendo pero mis pacientes son todos mayores y si vuelvo a tener contacto con ellos puedo transmitirles algo. Aparte muchas de las personas que viven acá trabajan de personal doméstico u obreros y pueden llevar el virus”.

Lesly asegura que la falta de agua también tiene que ver con la mudanza del Ministerio de Educación porteño al barrio, el cual tiene las cloacas conectadas a las de la villa. “Hasta esta semana hubo reclamos por el agua, ahora está mejor porque el Ministerio no está funcionando pero necesitamos que el Gobierno de la Ciudad se haga presente y nos escuche”.