Denuncias por la falta de cumplimiento de los protocolos

Telo-resumo: el estado de los albergues transitorios a 4 meses de su reapertura

Tras más de siete meses de parate, los telos volvieron a funcionar en la Ciudad de Buenos Aires allá por octubre de 2020. A pesar de haberse establecido un protocolo, desde el Sindicato de Empleados de Albergues Transitorios denuncian que se viene trabajando "a la buena de Dios".

En octubre de 2020, los albergues transitorios de Buenos Aires volvieron a funcionar luego de permanecer cerrados por más de siete meses a raíz de la pandemia de COVID-19. La mayoría de los establecimientos recibieron la ayuda del ATP para pagar los sueldos de lxs trabajadorxs y los impuestos correspondientes. Luego se estableció un protocolo -asignación de turnos de manera electrónica, ventilación de las habitaciones y desinfección exhaustiva de los diferentes espacios- para posibilitar la reapertura de los establecimientos. Sin embargo, Sergio Parla, secretario general del Sindicato de Empleados de Albergues Transitorios (SEAT), denunció que en las primeras semanas “se bicicleteó” la formulación del protocolo y se trabajó “a la buena de Dios”.

Solo en la Ciudad de Buenos Aires existen 120 albergues transitorios que emplean a más de 5000 trabajadores y trabajadoras. La mayoría se dedica a tareas de limpieza. Según las cifras que maneja el SEAT, el 80% de las personas que conforman el área son mujeres. Varias de ellas -en su mayoría jefas de familia- comentaron que los empleadores se negaban a otorgarles los elementos básicos de protección.

Cecilia General tiene 40 años y trabaja como mucama hace 9. Además, forma parte de la comisión directiva del SEAT. En relación a los problemas más graves de su sector, ella afirma: “Antes de la pandemia, los empleadores se negaban a entregar guantes. En el momento que entrás a una habitación te podés encontrar con cualquier cosa. Lo más común son los preservativos o las jeringas, pero a veces también hay sangre o materia fecal por todos lados. Nunca tuvimos los elementos básicos de limpieza”. Sobre el cumplimiento de los protocolos, el panorama no es alentador: “No se cumplen ni se cumplieron. El día en que se abrieron los establecimientos hicimos varias denuncias al Ministerio de Trabajo porque en algunos lugares incluso le pedían a las compañeras que llevaran ellas sus propios insumos. En ciertos casos les brindaban los elementos, pero no eran descartables y era sólo por si había una inspección”. Por supuesto, esas inspecciones ocurrían muy rara vez y en condiciones irregulares: se suponía que debían ser sorpresa, pero se avisaba de ellas días antes.

Es común escuchar el testimonio de trabajadoras que contrajeron VIH a raíz de accidentes laborales. María de los Ángeles Zamudio, trabajadora del Hotel Faraón e integrante de la comisión directiva del SEAT, cuenta: “Sé de muchas compañeras que mientras limpiaban se cortaron o pincharon con algo. Si esto ocurre en un hotel de pasajeros, podés comunicarte con la gente que se estaba hospedando y averiguar si hay algún virus contagioso. En cambio, en los albergues transitorios esto es imposible porque la identidad queda bajo reserva”.

La PEP (profilaxis pos exposición) implica la toma de medicamentos antirretrovirales (TARV) luego de una posible exposición al VIH y el objetivo principal es prevenir una infección. Se trata de un mecanismo de emergencia que debe aplicarse dentro de las 72 horas posteriores al posible contagio. El tratamiento es seguro, pero suele traer algunos efectos secundarios: cólicos, mareos, náuseas. Si alguna trabajadora de limpieza se lastima con un elemento cortante, se ve obligada a seguir trabajando y no recibe ningún tipo de atención psicológica. “Cuando una compañera se corta, su cabeza empieza a ir a mil por hora. Es una experiencia traumatizante. Se sabe que existe una gran posibilidad de contagio. No sólo tiene que completar la jornada, sino que el empleador no le concede días de descanso incluso si no se siente bien por el PEP”, relata Zamudio. Por último, la trabajadora relata que, a la hora de limpiar las habitaciones, los dueños suelen apurar al personal de limpieza para que terminen lo más rápido posible. El protocolo establece que, una vez finalizado el turno, se deben esperar por lo menos 30 minutos antes de la limpieza.

K tiene 28 años y trabaja en un albergue transitorio ubicado en Constitución. Dos semanas después de la reapertura, una compañera suya comenzó a tener síntomas de COVID-19. En ese momento, los centros de testeo estaban saturados y los resultados del hisopado tardaron tres días. Durante ese lapso, su empleador la obligó a seguir trabajando bajo riesgo de amenaza. Una vez que recibió el test positivo, los dueños del lugar se negaron a cerrar y a poner en cuarentena a quienes habían estado en contacto con K. Las consecuencias no se hicieron esperar: a la semana, 10 trabajadores y trabajadoras se encontraban cursando los primeros días de la enfermedad. “Mis jefes insistían en que, como muchos venimos de Provincia, nos lo habíamos contagiado en nuestras casas o en el transporte público. Incluso nos culpaban por no cuidarnos”, explica la trabajadora que, por miedo a perder el empleo, prefirió preservar su identidad.

“El empresario piensa con el bolsillo y no con la cabeza. Por eso prefieren a UTHGRA, el sindicato de Luis Barrionuevo, que es más patrón que todas las patronales juntas”, subraya el secretario general del SEAT. Desde que los albergues transitorios volvieron a abrir sus puertas, Parla indica que los empresarios jamás han cumplido con el pago de salarios acorde a la Ley de Contrato de Trabajo: “Aún habiendo cobrado el ATP, los empleadores han llegado a pagar 10 o incluso 7 mil pesos en vez de 30, que es lo que corresponde. Hicieron y todavía hacen lo que quieren”. Con esa escala salarial, inventada entre los empresarios y el sindicato de Barrionuevo, los sueldos bajaron hasta un 50 por ciento, los aguinaldos se pagaron utilizando una escala presupuestaria menor y lxs trabajadorxs recién cobraron por primera vez a fines de abril y principios de mayo, lo que significó una gran pérdida de poder adquisitivo. “El trabajo que venimos haciendo es muy cuesta arriba. En el último tiempo pudimos testear a los compañeros y las compañeras en conjunto con la Fundación Huésped o poner descartadores de jeringas. Los residuos que se manipulan son muy peligrosos, y aún así los dueños de los albergues siempre quieren ‘economizar’”. El Grito del Sur intentó contactarse con UTHGRA, pero jamás hubo respuesta desde el área de comunicación.

Una vez más, el COVID-19 pone en evidencia el grado de desamparo de lxs trabajadorxs. La existencia de protocolos no sirve de nada si hay una negativa a cumplirlos y respetarlos. Se calcula que, de forma aproximada, pasan hasta 200 personas por día en cada albergue. Cabe cuestionarse si alguien se preguntó por la realidad de aquellas personas que le abren las puertas a la intimidad y permiten que ese espacio se mantenga en pie, limpio y desinfectado. Citando uno de los poemas más famosos del poeta y dramaturgo alemán, Bertolt Brecht:

“¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?”

 

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