La Noche de los Lápices, streamers y los pedazos de un aula para armar

🧐 En el Día de los Derechos de los y las Estudiantes Secundarios, un aporte a la discusión sobre los tiempos, los lugares, los recursos y los métodos de las heterogéneas condiciones materiales de enseñanza-aprendizaje.

Hoy es el día de los derechos del estudiante secundario, la razón de mis lecturas, esfuerzos y desvelos. Con mis compañeres de estudio, de trabajo y de política, con mis amigues docentes y con les conocides virtuales no hacemos muchas otras cosas además de pensar y reconstruir ideas acerca de cómo mejorar los espacios de enseñanza y aprendizaje que atravesamos diariamente. Las dinámicas cambiantes durante este ciclo lectivo y medio de aislamientos alternados con presencialidad protocolizada también nos empujaron a la búsqueda de herramientas alternativas, formación autogestiva, armado de equipos diversos, articulación de conocimientos y capacidades muy por fuera de todo lo que habíamos practicado hasta el momento. El futuro llegó de golpe, y no fue nada de lo que predicaban “los especialistas”. 

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-¿Da para que lo veamos otra vez? ¿Lo vemos?

Lucas Baini es creador de contenidos en varias plataformas digitales, pero en esta oportunidad lo estoy viendo en Twitch, esta mañana trabajo desde casa y me hace compañía. Está compartiendo pantalla para mostrar el tráiler de uno de los estrenos del año, Eternals, una película de Marvel. 

Le vuelve a dar play al video, va haciendo pausas, comenta, retoma y avisa: “voy repitiendo los nombres para que se vayan acordando”. Destaca imágenes y frases, aporta datos, los ordena, los explica, los contextualiza. Se sorprende, se entusiasma, se involucra con lo que muestra. No sé si me interesan tanto las novedades cinematográficas, pero me gusta tanto el formato magazine que Lucas lleva adelante, que es imposible quedarse afuera de esa voluntad de incluir y compartir. Pasan los minutos y alguien escribe en el chat -que todos vemos en simultáneo- “no entiendo nada”. Lucas le pregunta “¿en qué te podemos ayudar?, decinos así lo vemos entre todos”. Primera idea: éstas son estrategias pedagógicas que yo puedo usar. Éstos son recursos que necesito hoy.

Esa tarde doy clases dentro de la estructura “bimodal”. Una “burbuja” -what a concept: un grupo de estudiantes- en el aula, con distancia, y la otra burbuja en sus casas, conectados en una aplicación de videoconferencia. Uso tapabocas y por encima una pantalla de acetato que, juntos, desmejoran la proyección de mi voz y mi vista. Los chicos en el aula están a distancia, los que están en casa participan a través de una notebook oportunamente instalada en el aula -con sus problemas de batería y wi fi-, con el programa de videoconferencias prendido. Con sus dificultades, estos recursos técnicos son “un privilegio”. 

La clase funciona, presenta sus desafíos técnicos pero nos divierte la novedad y cuando les propongo una consigna y se ponen a trabajar, me piden que gire la cámara para que les compañeres en sus casas vean a quienes están en el aula. Segunda idea: necesito armarme una placa que, como en Twitch, anuncie que ya comenzamos, o que estamos en recreo.

Esa noche escribo un twit: “Más herramientas para potenciar todo lo que la escuela ya es y romper un poco con lo que ya fue. No discutamos tanto qué enseñar sino CÓMO.”

Es tentador concluir linealmente que los influencers también educan, como alguna vez se dijo que la televisión también educa y que ahora “sólo hace falta un botón para saberlo todo”. Nada de eso consiguió reemplazar a la escuela ni antes ni ahora. Pero desde hace bastante paso mucho tiempo pegada a Twitch, trabajo y estudio con Flo Pereira, una argentina que desde Múnich organiza sesiones de estudio y trabajo con el método Pomodoro: pasa música durante 25 minutos, conversa durante 5 y cada cuatro bloques, hay un recreo más largo. Otra noche me quedo hasta tarde viendo a Caro Vázquez reaccionar a todos los spots electorales y un día me engancho con un documental de arquitectura o un videojuego ambientado en la antigua Roma viendo a Alejandro Csome. Personas de “mi generación” que forman comunidades disímiles para compartir lo que hacen y les gusta.

Disfruto el formato relajado y dinámico de Twitch, pero todo lo observo con ojos de docente: más allá de los contenidos, miro cómo hace lo que hace esta gente. Cómo comunican, reaccionan, plantean consignas. Qué hacen con las manos, los tonos de voz, los fraseos. Una vez, un colega de Educación Física me vio hacer agua mientras trataba de explicar un juego. A mí, que explico subordinadas y conceptos de lingüística bastante bien. Me dijo que era de las cosas más difíciles de hacer, proponer una consigna lúdica, ser clara pero también motivar, me sugirió que siempre lo practicara muy bien. Por eso siempre presto mucha atención a lo que hacen las personas cuando explican cosas difíciles de forma sencilla en cada uno de sus espacios, cuando exponen acerca de las cosas que les apasionan.

No estoy diciendo que en el futuro vamos a cursar por Twitch, o que los edificios de las universidades quedarán vacíos. Les docentes pueden competir por la atención, pero quedó demostrado más que nunca durante los confinamientos que no pueden ser reemplazados por YouTubers o enciclopedias en línea. Por lo menos por dos razones: porque el conocimiento no es un contenido que se transfiere intocable por medio de las numerosas vías que produce la cultura para continuarse. Segundo, porque la escuela es una institución educativa pero también un espacio de cuidados. Por eso le escapo a las discusiones de currículum, esas que cada tanto se viralizan en redes del tipo “en la escuela no me enseñaron x”. Me convoca mucho más discutir los tiempos, los lugares, los recursos, los métodos, es decir: las muy heterogéneas condiciones materiales de enseñanza-aprendizaje.

Escribo desde un futuro, unas semanas después, en el que la presencialidad es la norma en casi todas las secundarias de toda la provincia de Buenos Aires pero yo sigo pensando en mi fugaz experiencia como streamer, que se repetirá eventualmente si una burbuja es aislada por prevención, si en cambio el aislamiento me toca a mí, o en quién sabe qué otra excepcionalidad para la cual activemos esa herramienta, la de la clase virtual simultánea, el enlace, la camarita, un “lugar” ya conocido. La transmisión simultánea también tiene sus defectos, pero me entusiasma. Abro un enorme ¿qué pasaría si…? Y me imagino sus posibilidades para los niveles superiores, no obligatorios, para intercambios con escuelas de otras provincias o países, para algunas actividades optativas. Si contáramos con ese recurso que supimos servicio esencial en todas las aulas y todas las casas, ¿qué más podría pasar? Me ocupa todo lo que podríamos cuestionar y transformar en la educación y la sociedad después de esta experiencia dolorosa, extensa y global.

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Es 16 de septiembre y estamos a 45 años de la Noche de los Lápices, la noche de 1976 en la que un grupo de adolescentes de La Plata fueron secuestrados y desaparecidos por la última dictadura cívico-militar. En su memoria, se instituyó el día de los derechos de los estudiantes secundarios, que podría considerarse una franja etaria (aunque hay estudiantes del nivel secundario en la adultez), ese sector heterogéneo de la población que una y otra vez parece estar en el ojo del huracán y de las métricas de marketineros y encuestadores. Un grupo segmentado, infantilizado, etiquetado, estigmatizado. Los y las adolescentes vieron, desde sus casas, cómo eran señalados como los responsables de los aumentos de casos en algunos momentos de la cuarentena, y también cómo algunos dirigentes buscaron hablar en su nombre para boicotear las medidas de cuidado en los momentos más crudos de emergencia sanitaria. En la previa de las elecciones del domingo, las discusiones mediáticas sobre qué necesitaban y que elegirían expusieron un debate opaco, superficial y lleno de prejuicios del que sus voces casi no formaron parte. Los spots a base de una canción de trap o los memes con más visualizaciones no parecieron conquistar necesariamente sus intereses.

(Un último paréntesis, una nota para otra columna: para comunicarse con las y los adolescentes no hace falta usar ni sus códigos, ni sus formatos. No es necesario hablar como un adolescente ni conocer sus palabras, tampoco pegarla como el challenge más viral de Tik Tok, no es necesario ser ni parecer más joven. Lo que creo que es clave es hacer productiva la diferencia).

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Durante la pandemia no fue fácil, por no decir que pocas veces fue posible, recrear ese espacio que sintoniza, canaliza y muchas veces traduce las demandas (y urgencias) de ese grupo, que es el aula, (y el patio, y los pasillos que los conectan). Ese espacio se licuó en la virtualidad, se fragmentó en la bimodalidad, y se volvió extraño en este regreso protocolizado, que lleva varias semanas pero que sigue costando digerir, que se sostiene con los cuerpos de les docentes, no docentes, los estudiantes y sus familias. En definitiva, lo que se viene dando es un enrarecimiento de lo que venía automatizado, las preguntas se apilan alrededor de presupuestos básicos previos como la asistencia, la calificación, el cumplimiento de horario. 

Lo que sí pasa es que la única salida de algo es atravesándolo, y venimos viendo que la escuela está pasando por la pandemia y sale por el otro lado bastante parecida a cómo entró. Una estructura exhausta a la que se le pide todo y más, formada por trabajadores y niños, niñas y adolescentes que tratamos de volver a poner los pedazos en el mismo lugar que antes como si eso fuera posible. 

Lo que me duele es esa distancia con las vidas de les pibes en sus peores momentos (y en los nuestros) que no supimos o pudimos achicar ni siquiera poniendo a disposición todos nuestros dispositivos, parte de nuestros salarios, creatividades, horas no remuneradas. Lo que me entusiasma de lo aprendido es la posibilidad de que podamos discutirlo todo y transformarlo un poco.

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En el día de los derechos de los y las estudiantes secundarios, la razón de mis lecturas y desvelos, la causa de mis esfuerzos políticos, académicos, laborales, me pregunto qué nombre tiene ahora el boleto estudiantil por el que fueron desaparecidos adolescentes de entre 16 y 18 años el 16 de septiembre de 1976. Con el tiempo, el boleto estudiantil pasó a ser el símbolo del acceso a la educación pública gratuita y de calidad. Marco en una lista algunos urgentes, sin un orden riguroso y con seguramente graves omisiones. Primero, claro, conectividad y dispositivos adecuados, accesibles, actualizados, actualizables (para estudiar, para crear y para divertirse), infraestructura educativa sana y amable para compartir la vida y el tiempo con sus pares, espacios urbanos que permitan traslados sustentables hacia los edificios educativos (la pandemia nos dejó del dato de que aproximadamente un tercio del tránsito urbano está formado por la población que viaja hacia y desde las escuelas), políticas de cuidados desde la primera infancia, espacios deportivos, recreativos, artísticos. Implementación plena de la ley de Educación Sexual Integral (que en octubre cumple ¡quince! años), en todos los niveles. Y de nuevo, la necesidad de generar espacios de diálogo con todos los sectores involucrados en la escuela para diagnosticar, repensar e imaginar la educación de la pospandemia. Con un oído en las palabras y necesidades de quienes habitan todos los días la escuela argentina y el otro en la teoría que sistematiza el pensamiento pedagógico y nos evita quedarnos en la experiencia individual.

En el país de las banderas de los derechos humanos y la educación pública, los derechos a garantizar están tejidos con la materia de los sueños posibles, de algunas certezas necesarias, se entrecruzan en un punto de encuentro entre todas las demandas y urgencias (y enojos, y broncas) de les pibes y nuestros mayores esfuerzos, un diálogo enorme y continuo que permita ir poniéndole palabras a una vida y a un aula más deseable edificada sobre la inclusión, la empatía y la esperanza.

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