El caso de Bianca, la adolescente sancionada semanas atrás por ir sin corpiño al colegio, deja al descubierto las falencias de un reglamento que “no compete a ambos géneros por igual y denigra por completo el cuerpo de la mujer”.

La arbitrariedad con que la rectora del colegio Reconquista sancionó a Bianca Schissi por haber ido a clases sin corpiño es moneda corriente en los colegios secundarios de la Ciudad. La masificación y viralización del pollerazo como medida de protesta es síntoma de la incompatibilidad del código de vestimenta con la realidad actual, signada por la oleada feminista. “La mirada de mi rectora fue mucho más perversa que la de cualquier compañero”, reflexionó la joven.

Ni sumisas ni devotas

Las críticas respecto de la reglamentación de la forma de vestir de los y las estudiantes son muchas y muy variadas. Maite Aguilar, estudiante del Fernando Fader, considera que el principal problema tiene que ver con la desigualdad con la que se aplica dependiendo de su condición de género. Por otro lado, Tomás Cancela, del Lenguas Vivas, asegura que el conflicto central es “la patriarcalización de la educación” y Bianca advierte que “te condiciona mucho que las autoridades te juzguen por la ropa que usás”.

Bianca tiene 18 años, cursa el cuarto año del secundario en el Nacional Nº 12 “Reconquista”, y cuenta que a raíz del apercibimiento que recibió se organizó una asamblea en la que se discutió el tema con todo el colegio. Finalmente, producto del profundo rechazo al accionar de la rectora y las diferencias con el código de vestimenta, lograron modificar algunas de sus partes y ahora las estudiantes podrán ir en short y musculosa.

Tomás Cancela, estudiante del Lenguas Vivas.

Tomás está en tercer año y es coordinador del centro de estudiantes del Lenguas Vivas. En su colegio el código de vestimenta empezó a reformarse en 2016 a través de distintas instancias como asambleas y comisiones, pero debieron atravesar varias trabas administrativas para que aprueben finalmente las reformas que planteaba el estudiantado. Sin embargo, una vez aprobadas las modificaciones, el nuevo código no se respeta y los preceptores y docentes continúan llamando la atención de las jóvenes por cómo visten.

Maite está cursando el último año de la secundaria y, al igual que en el Lenguas Vivas, también lograron cambiar el código de vestimenta. Los problemas respecto de su correcta implementación son iguales a los mencionados en el caso anterior con la particularidad de que este año, aprovechando que los y las estudiantes de primer año habían sido mudados a un anexo aislados del resto de la comunidad educativa, las autoridades dictaron el antiguo código de vestimenta e incluso hostigaron a una de las adolescentes a tal punto que, intimidada y asustada por el llamado de atención de la vicerrectora, se quebró y se fue llorando.

¿Educar para prevenir o educar para restringir?

“Nuestras autoridades se criaron, crecieron y se formaron en una sociedad totalmente machista y es lógico que reproduzcan las mismas prácticas. Recién ahora empiezan a debatirse cuestiones de género y es algo que va a llevar tiempo”, analiza Tomás. Sin embargo, Maite se pregunta: “¿cuál es la lógica que utilizan para decirnos que no podemos usar un short pero nuestros compañeros sí?”. “En mi colegio hay chicos que van con un short corto y no les dicen nada pero si una compañera va con uno del mismo largo le ponen un apercibimiento”, sumó Bianca.

En paralelo, cuentan que en la última reunión que mantuvieron con funcionarios del Ministerio de Educación porteño plantearon sus inquietudes y disconformidades sobre el código de vestimenta: allí la respuesta que obtuvieron fue que cada colegio tendrá la posibilidad de redactar su propio código. A primera vista pareciera ser una decisión muy progresiva; sin embargo, según analizan los estudiantes, se trata de dejar la puerta entreabierta para que surjan distintas arbitrariedades propias de cada institución. ¿Por qué? Para cambiar el código de vestimenta éste debe ser discutido en toda la comunidad educativa y ser aprobado por el Consejo de Convivencia. Una vez saldada esa etapa es elevado a la Supervisión y posteriormente a la cartera educativa, hoy a cargo de Soledad Acuña. El proceso no es sencillo, pero tampoco imposible.

Bianca Schissi, estudiante del Reconquista.

“Va más allá de qué ropa usamos, tiene que ver con la forma que tiene cada cuerpo, cómo lo expresa y cómo lo vive cada una. Uno no puede castigar a alguien por su cuerpo. Buscan instalar que la violencia que sufrimos es culpa nuestra por la vestimenta que utilizamos”, enfatizó Maite e identificó la falta de educación sexual integral como uno de los principales problemas incluso en los colegios en los que el código de vestimenta pudo ser modificado. “Con cambiar el código de vestimenta no alcanza, necesitamos concientizar a toda la comunidad educativa para que los preceptores no nos sigan llamando la atención y que nuestros compañeros no nos falten el respeto por cómo vestimos”, agregó.

En la misma línea, Tomás recordó que en una reunión del colegio relacionaron la conformación del protocolo contra la violencia de género con el cambio cultural, algo que inmediatamente cuestionó. Su planteo, orientado a una visión largoplacista, es que el cambio cultural se va a dar el día en que, aún teniendo un protocolo, no sea necesario aplicarlo porque los hombres hayan entendido que son iguales que las mujeres y nadie vale más que otra persona.

Nos plantamos en la escuela, nos calzamos la pollera

En el último año y medio un fenómeno recorre los colegios secundarios porteños: en rechazo a la lógica sexista del código de vestimenta y en apoyo al pedido de sus compañeras de poder ir vestidas como quieran, los estudiantes varones asisten a clases vistiendo una pollera.

Maite Aguilar, estudiante del Fernando Fader.

Consultados por el impacto de la medida, concluyeron que el impacto obtenido es muy alto, no sólo en los colegios sino también en la sociedad que se entera a través de las redes sociales y opina al respecto. De todos modos, critican que tengan que ser los chicos quienes tengan que actuar para que, recién en ese momento, las autoridades recapaciten al respecto y entiendan que el código de vestimenta restringe las libertades de las estudiantes dentro de las instituciones educativas.